Lugares de interés
Historia de Boecillo
La versión sobre la procedencia del nombre Boecillo se atribuye a un pequeño buey, al que se llamaba «bueyecillo», que acudía todos los días a beber agua a una fuente del pueblo.
Al sur del río Duero y entre el río Cega, rodeado de pinares, se encuentra Boecillo. Los restos de su pasado histórico muestran que vive entre la tradición y la tecnología. Cuenta con vestigios cerámicos que van desde tiempos celtibéricos hasta la Edad Media. Surgió como consecuencia de los asentamientos realizados para la repoblación de la cuenca del Duero, constituyendo un pequeño núcleo urbano poblado por pecheros y villanos, licenciados de los ejércitos combatientes. Podemos fijar sus orígenes entre los siglos IX y X de nuestra era. Hay otro dato que se puede asegurar con certeza: aquellas gentes que se establecieron en Boecillo, «eran cristianos de la España musulmana». Así lo prueba el hecho de que existiera una Iglesia Mozárabe. Con una superficie de 2.417 Has, delimita el término por su parte Norte, el río Duero, que le sirve de frontera con el municipio de Laguna de Duero. Se extiende, desde Herrera de Duero, hasta la confluencia con el río Cega, de forma que se incrusta como una cuña hasta los aledaños de Viana de Cega. En esta parte de entronque de ambos ríos, colinda con el término de Valladolid. Desde aquí, continúa hasta el denominado Vado de Frades, en el camino de Valdestillas. Por el Sur, limita con el término de la Pedraja de Portillo y por el Este, con Aldeamayor de San Martín y Tudela de Duero. Discurre por la población, además de los mencionados ríos, el Arroyo del Molino, más conocido como «La Esgueva».
El Monte de encinas
La primera noticia fidedigna que se tiene de la existencia de Boecillo data del 11 de Enero de 1156, fecha en que, encontrándose en Valladolid el Rey D. Alfonso VII, concedió a la Villa privilegio, mediante el cual, hacía donación de los montes de «Alcor» y el de «Torre de Aveiro», que va desde Puente Duero a Boecillo. Aún se conserva el primero como propiedad municipal, habiendo pasado el segundo a manos privadas (Monte de Boecillo).
La tradición nos dice que en la época medieval estuvo sometido a un feudo (probablemente de Portillo) y que uno de aquellos señores de «horca y cuchillo» mandaba ejecutar sus sentencias en un lugar donde había ordenado erigir una horca. Hoy en día se sigue conociendo aquel paraje como «Pico de la Horca», muy cerca de la actual «Vega de Porras».
La «Vega de Porras»
Dehesa localizada al Noroeste del término municipal, muy cerca del bello paraje en el que el río Cega desemboca en el Duero. En ella, se encontraba una casa de campo del banquero Fabio Nelli, importante capitalista vallisoletano nacido en 1533. Aún se conservan vestigios, una casa para el guarda y la capilla donde oían misa los dependientes de la misma. Destaca el arco de piedra de la entrada y el escudo.
Los padres de Fabio Nelli fueron Alfonso Nelli (pertenecía a una familia de financieros de Siena, Italia) y Damiana de Espinosa. Casó en su madurez con doña Violante Rivadeneira y tuvieron dos hijas: Leonor y Damiana. Esta última tuvo un hijo llamado Alonso Nelli que emparentó con Catalina de Zúñiga, los cuales tuvieron un hijo llamado Baltasar Francisco de Rivadeneira y Zúñiga, a quien Felipe IV otorgó el título de marqués de la Vega de Boecillo en 1663. Es el propietario del escudo que se ve en la fachada del palacio de Fabio Nelli y del escudo que se conserva en la finca de Boecillo.
Perteneciente en el siglo XIX a la Casa de Misericordia de Valladolid, la mitad del terreno estaba ocupada por viñedo y una casa con lagar que fue propiedad del Colegio de los Escoceses.
Los escoceses y su colegio
La primera noticia fidedigna que se tiene de la existencia de Boecillo data del 11 de Enero de 1156, fecha en que, encontrándose en Valladolid el Rey D. Alfonso VII, concedió a la Villa privilegio, mediante el cual, hacía donación de los montes de «Alcor» y el de «Torre de Aveiro», que va desde Puente Duero a Boecillo. Aún se conserva el primero como propiedad municipal, habiendo pasado el segundo a manos privadas (Monte de Boecillo).
La tradición nos dice que en la época medieval estuvo sometido a un feudo (probablemente de Portillo) y que uno de aquellos señores de «horca y cuchillo» mandaba ejecutar sus sentencias en un lugar donde había ordenado erigir una horca. Hoy en día se sigue conociendo aquel paraje como «Pico de la Horca», muy cerca de la actual «Vega de Porras».
Viñedos, vino y bodegas
Boecillo, con un clima riguroso, ha cultivado el cereal (siempre a pequeña escala), aunque si por algo se ha distinguido ha sido por el viñedo. Este cultivo inundaba el suelo de casi todo el término, un terreno muy apto para el desarrollo de la vid. Sus caldos resultantes dieron justa fama al pueblo. Mención especial merecen sus famosos «claretes» (producto de las uvas verdejas) que fueron conocidos y solicitados en toda la región. El viñedo desapareció, dando paso a masas forestales de pino, árbol que, por su abundancia en el entorno, da nombre a la Comarca Natural «Tierra de Pinares».
Las bodegas, originarias del los siglos XIII y XIV, fueron numerosas y son testimonio de la gran actividad que en torno a la vid reinó en el pueblo. En un principio eran de uso particular, allí se elaboraba el vino que se conservaba en toneles de madera y artesanales cubas. Años posteriores, la mayoría se reestructuraron y modernizaron, para convertirse en afamados restaurantes que han contribuido a dar mas prestigio al municipio.
El arte neo-mudejar
Dentro de la «Ruta del Caballero», Boecillo nos ofrece un paseo por su historia a través de su arte. Muestra de ello son las construcciones en ladrillo rojo localizadas en su paisaje urbano, como el Ayuntamiento y el antiguo Circulo Católico. Ambos han ejercido un papel clave en la vida social del municipio. La Casa Consistorial, continúa desarrollando la función de Administración Local . El segundo fue años atrás el lugar donde se reunían sus socios para jugar partidas de dominó, cartas, etc; posteriormente, se rehabilitó para darle el uso de Casa de Cultura, algo que ha venido ejerciendo hasta la construcción del moderno Centro Cívico Municipal.
También en la Plaza Condes de Gamazo nos encontramos, en este rojizo material, con la Iglesia y algunas casas con detalles neo-mudéjares. Este elemento, junto con la piedra, el adobe y la teja, reinaba en las construcciones de la época. Si bien, la caliza provenía de los páramos del entorno, los dos últimos eran de fabricación local, muy especialmente la teja. Esta tuvo, en el actual «Parque El Tejar», una fábrica de donde se extraía el material (de ahí la «hoyada») y se realizaba «in situ».
Palacio de los Condes de Gamazo
La antigua Iglesia Mozárabe, dependiente en 1589 de la «Abadía de Valladolid» y fundada por el Conde Pedro Ansúrez, perduró, junto a su cementerio, en la actual Calle Iglesia Vieja hasta finales del siglo XIX. Aún se conserva alguno de los lienzos de sus viejas paredes.
En la mencionada época, esta Iglesia desaparece, incorporando en sus terrenos el Palacio de los Condes de Gamazo, lugar de residencia del personaje más representativo de Boecillo, Germán Gamazo (1830-1901), quien formó parte en cuatro ocasiones de gobiernos presididos por Práxedes Mateo Sagasta en época de la Restauración (Ministro de Fomento, Ultramar y Hacienda). Da nombre a la Plaza del municipio, centro por excelencia de la localidad, y a una de sus principales arterias que, unida a la Calle Verbena, constituían la antigua travesía de la Carretera Valladolid-Madrid llamada antiguamente calle Real. El Palacio es de estilo neoclásico y contó, en sus aledaños, con un extenso jardín. Por su situación, cuenta con una excelente panorámica. Se trata de uno de los lugares más emblemáticos del municipio y en él tiene su sede el Casino de Castilla y León.
Entre árboles y fuentes
Tradicionalmente dispuso de numerosas fuentes, de aguas limpias y potables: «El Caño», en el casco urbano (junto a «La Arbolada» y «La Olma»), fue famosa por la bondad de sus aguas para la cocción de legumbres. Vertía en un gran pilón de piedra que servia de abrevadero al ganado. «La Fuente del Rector», en referencia a que brotaba en terrenos del Colegio de Escoceses, fue creada por el antiguo Rector del Colegio en un bello paraje, enclavado en una ladera de frondosa vegetación. Por su proximidad a las bodegas, era elemento indispensable para la limpieza de cubas y bocoyes de roble.
Tradicionalmente dispuso de numerosas fuentes, de aguas limpias y potables: «El Caño», en el casco urbano (junto a «La Arbolada» y «La Olma»), fue famosa por la bondad de sus aguas para la cocción de legumbres. Vertía en un gran pilón de piedra que servia de abrevadero al ganado. «La Fuente del Rector», en referencia a que brotaba en terrenos del Colegio de Escoceses, fue creada por el antiguo Rector del Colegio en un bello paraje, enclavado en una ladera de frondosa vegetación. Por su proximidad a las bodegas, era elemento indispensable para la limpieza de cubas y bocoyes de roble.
«La Fuente Villamayor» era el lavadero público. Afortunadamente hoy perdura, habiendo sido rehabilitada, dotándola de una amplísima zona verde. Este espacio, antigua carretera («La Carretera Vieja»), es mencionado por el famoso escritor vallisoletano Delibes en alguno de sus libros. De hecho, Don Miguel ya subía con su bicicleta a golpe de pedal esta cuesta; citando también una dura curva a mitad de la misma denominada «El Recodo».
San Cristobal y su iglesia parroquial
A finales del S.XIX, tras el incendio del primitivo templo, se construyó la Iglesia Parroquial «San Cristóbal», en honor a su Patrón. Fue inaugurada el 20 de octubre de 1902. Germán Gamazo fue quien costeó la misma y puso su primera piedra.
Es de estilo neoclásico muy reformado y cuenta con una nave entre arcos de medio punto, cubierta de cañón con lunetos y cúpula en el crucero. El retablo mayor es barroco salomónico (último cuarto del siglo XVII) con dos esculturas del siglo XVIII traídas de la Basílica románica de Cervatos (Santander), otra del titular (un San Cristóbal del siglo XVI) de buena calidad y una cruz parroquial, del platero Francisco de Isla, expuesta en el Museo Diocesano de Valladolid. En el lado del Evangelio hay un retablo del siglo XVI con pinturas que representan escenas del Nuevo Testamento y a diferentes santas y santos benedictinos, de cierta calidad, que se atribuyen al círculo de Pantoja de la Cruz.